El cortejo de la Virgen
Que nadie piense que la Virgen había elegido a su cortejo al azar. Como buena Madre, María no da puntada sin hilo. Si eligió a María Magdalena y a santa Catalina de Alejandría fue, nada menos,… ¡¡porque son las patronas de la Orden!
Pues sí, por extraño que les resulte a algunos, la Orden tiene a estas santas como principales protectoras. Tengamos en cuenta que, quienes primero que unieron a Domingo fueron un grupo de mujeres, así que cabe suponer que nuestro amigo decidiera poner esta obra bajo la protección de unas santas que, al mismo tiempo, pudieran inspirar a aquellas primeras hermanas.
¿Pero por qué estas, y no otras?
El caso de María Magdalena es muy conocido: ¡¡ella fue la “predicadora de los predicadores”!! En efecto: los apóstoles fueron los encargados de llevar el mensaje de la resurrección de Cristo al mundo entero, pero, quien les llevó este mensaje, ¡¡fue Magdalena!!
La historia de santa Catalina de Alejandría es algo menos conocida. Nació en una familia noble de Egipto y desde pequeña destacó por su brillante inteligencia, por lo que sus padres le dieron una exquisita formación intelectual, con los mejores maestros del momento (detalle que va como anillo al dedo para una Orden dedicada al estudio).
Un día, el emperador Maximino, Augusto de Oriente, visitó Alejandría y organizó una gran ceremonia en el tempo (de asistencia obligatoria) para hacer sacrificios a los dioses. Imaginas el resto, ¿verdad? Pues eso: Catalina hizo la señal de la cruz y se negó en rotundo.
El emperador estaba de buen humor ese día. Informado de que era de familia noble, en vez de servirla como aperitivo para los leones, decidió dar una oportunidad a aquella jovencita: llamó a sus 70 sabios y les encargó que convenciesen a la chiquilla de su error. Toda una prueba de su magnanimidad…
Total, que, tras una larga conversación que duró hasta el atardecer… los 70 sabios se habían convertido al cristianismo. Como comprenderás, a Maximino no le hizo ninguna gracia. Pero ninguna.
Furibundo, ordenó que quemasen vivos inmediatamente a todos los sabios. Respecto a Catalina, quería que su suplicio sirviera de escarmiento, así que esperaría a la mañana siguiente, para que acudiera todo el pueblo. Tras azotarla, dio órdenes de que pasase la noche en la cárcel, bien custodiada por un batallón completo de soldados. Craso error.
Al amanecer, los doscientos soldados… eran fervientes católicos. Catalina se había pasado la noche hablando con ellos, mostrándoles la belleza de seguir a Cristo, el Rey de reyes, un Señor de mayor poder que el mismo emperador…
Enterado de tamaña noticia, a Maximino se le atragantó el desayuno. Ciego de cólera, vociferaba enloquecido que acabasen con aquella jovencita de la forma más cruel posible. Los verdugos, obedientes, quisieron pasar su cuerpo por unas ruedas provistas de cuchillas, pero, en cuanto las afiladas puntas tocaron el cuerpo de Catalina, ¡se rompieron sin lastimarla!
El emperador decidió acabar con aquello fuera como fuera, así que ordenó que se dejasen de artilugios, y que decapitaran a la chica. Así lo hicieron y Catalina entregó su alma a Dios en victorioso martirio, en el que había llevado a tantos corazones a Cristo…
Una predicadora digna de ser patrona de los Predicadores, ¿no te parece?
VIVE DE CRISTO