42 Pero, ¡ay de vosotros, los fariseos, que pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de toda hortaliza, y dejáis a un lado la justicia y el amor a Dios! Esto es lo que había que practicar, aunque sin omitir aquello.
43 ¡Ay de vosotros, los fariseos, que amáis el primer asiento en las sinagogas y que se os salude en las plazas!
44 ¡Ay de vosotros, pues sois como los sepulcros que no se ven, sobre los que andan los hombres sin saberlo!»
45 Uno de los legistas le respondió: «¡Maestro, diciendo estas cosas, también nos injurias a nosotros!»
46 Pero él dijo: «¡Ay también de vosotros, los legistas, que imponéis a los hombres cargas intolerables, y vosotros no las tocáis ni con uno de vuestros dedos! (Lc. 11, 42- 46)
Los fariseos eran muy fieles en cumplir las leyes menos importantes, como pagar el diezmo de las hierbas y hortalizas de su jardín, y descuidaban lo más fundamental de la Ley de Dios, como era el amor al prójimo. Y es que, hacer lo primero, no les costaba porque no les implicaba a ellos. No así el amor al prójimo, en el que tenían que dejar de mirarse a sí mismos y negarse para que el hermano pudiera ser socorrido y amado. Esto indigna a Jesús que quiere que a Dios se le dé “un culto en espíritu y en verdad" y dejar de mentirse a sí mismos con la hipocresía, ser sinceros ante sí mismos y ante Dios.
Los juristas se sienten aludidos y quieren pasar ilesos ante el examen de Jesús. Pero ellos son iguales que los fariseos hipócritas. Creen ejercer la justicia con verdad y equidad, pero se engañan. Aplican la Ley de Dios según sus antojos, siempre teniendo como baremo “la ley del embudo”:“lo ancho para mí y lo estrecho para ti”. Así “no hacían justicia al pobre, al desvalido y a la viuda”. Esto fue lo que continuamente denunciaban los Profetas, pero no los hicieron caso. Por esto, “cargaban fardos insoportables sobre los hombros de los pobres, pero ellos no tocaban las cargas ni con los dedos”. Leyes y prescripciones humanas es lo que aplicaban a los desvalidos y “librar el oprimido del opresor o hacer justicia a la viuda o al huérfano”, eso no lo querían ver y menos aplicar.
Jesús ve el corazón humano por dentro y con estas denuncias quiere llevar a su pueblo a la conversión. Porque, si se contrastaban con estas palabras de Jesús, les haría pensar y dejar de obrar mal. Pero ellos se sentían seguros en su pensar y hacer.
¡Qué importante es el don de temor como regla para nuestra vida!. Él nos hace vivir en continuo examen para mi obrar: “¿Esto agrada a Dios?”, “¿estoy firme y no pienso que puedo zozobrar si el Señor no me sostiene?”, ¿es la voluntad de Dios para mí o estoy haciendo la mía, que es muy probable que no sea el querer de Dios? “. Y no es que Dios nos esté examinando continuamente con una plomada. Es que Dios sabe muy bien lo que nos conviene y Él es el justo, Él es la Verdad y quien me da la Vida si me uno a Él.
¡Señor, reconozco que no soy justo, ni conmigo mismo, ni con mis hermanos, y por tanto, contigo! ¡Muchas veces hago lo que no quiero, porque me miro a mí mismo y no a Ti y tu Ley santa! ¡Tus mandamientos son rectos y justos y yo, muchas veces, estoy torcido y estropeado! Pero sé que Tú, Señor, enderezas y restauras mi ser desde la raíz, haciendo de mí un hombre nuevo, un ser a tu imagen y semejanza, un hijo de Dios.
¡No me dejes caer nunca en el pecado de hipocresía de los fariseos!¡Qué sea siempre sencillo y veraz en tu presencia! ¡Te lo pido con fe y sé que lo harás en mí! ¡Qué así sea! ¡Amén! ¡Amen!
