31 Bajó a Cafarnaúm, ciudad de Galilea, y los sábados les enseñaba.
32 Quedaban asombrados de su doctrina, porque hablaba con autoridad.
33 Había en la sinagoga un hombre que tenía el espíritu de un demonio inmundo, y se puso a gritar a grandes voces:
34 « ¡Ah! ¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios.»
35 Jesús entonces le conminó diciendo: «Cállate, y sal de él.» Y el demonio, arrojándole en medio, salió de él sin hacerle ningún daño.
36 Quedaron todos pasmados, y se decían unos a otros: «¡Qué palabra ésta! Manda con autoridad y poder a los espíritus inmundos y salen.»
37 Y su fama se extendió por todos los lugares de la región. (Lc. 4, 31-37)
La serenidad y mesura de Jesús contrasta con este espíritu inmundo que grita ante la gente confesando que es el Hijo de Dios. Satanás no puede resistir a Jesús y se siente vencido ante su santidad y poder. Su sola presencia le revuelve y por ser un ser espiritual, aunque caído, ve claramente en Jesús que es el Hijo de Dios. En este coloquio trascendente entre Dios, que es Jesús, y los poderes infernales, los hombres que están presentes no pueden sino admirar la palabra poderosa de Jesús y además llena de autoridad. ¡Si así le obedecen los espíritus inmundos, ¿cómo no serán dóciles a su palabra los elementos buenos de la naturaleza?! Porque, en otra ocasión, manda a los vientos y al mar que acallen su ímpetu y le obedecen.
Jesús es Dios y todo está bajo su poder omnipotente: la naturaleza y todo cuánto hay en la tierra y bajo la tierra y en el mar y en el aire y todas las potencias espirituales. ¡Si es el Señor de los santos y bienaventurados! ¿no lo será de los espíritus que se apartaron de Dios por su desobediencia?. Por esto no temamos nada en este mundo,porque todo está bajo sus órdenes y nada de nada nos podrá dañar,aunque algo se quiera oponer a la bondad y al amor de Dios.
Así, vivamos confiados y arropados en el regazo de Dios y, si algo nos amenaza, invoquemos el Nombre de Jesús y nos sentiremos seguros y protegidos por ÉI: “¡Jesucristo, Hijo de Dios, ¡ven a mí y líbrame de todo mal! ¡Confío en Ti y en tu Divinidad!”... ¡Esta palabra es poderosísima y va llena de confianza y amor hacia Dios, nuestro Señor y Dios! Y es que, todo fiel de Dios, “vive al amparo del Altísimo y a la sombra del Omnipotente que es mi refugio y mi alcázar” y nos librará de todo lo que se oponga a Él.
Y dice el Evangelio que “el espíritu inmundo tiró al hombre por tierra,pero sin hacerle daño”. Y es que Dios no permite que los que se acogen a ÉI reciban daño alguno. Podrá amedrentarnos, tirarnos por tierra, pero hacernos mal, ¡no podrá Satanás hacerlo nunca!. A no ser que lo invoquemos como señor o le pidamos que nos auxilie en nuestras necesidades. Pero Dios es el Único Señor que siempre busca nuestro bien espiritual y nuestra Salvación. Sólo Él se ha hecho Hombre y nos ha rescatado de las muchas opresiones y esclavitudes que el Enemigo nos tiende y nos acecha.
¡Seamos fieles y temerosos de Dios y estemos siempre limpiamente en su presencia, y nuestra vida será solo de acción de gracias y alabanza a quien tanto nos ha amado y se ha entregado, libremente, a todas las maquinaciones de los hombres y de Satanás! ¡En ÉI tenemos vencidos todos los poderes infernales, porque Dios únicamente desea nuestra Salvación y llevarnos a su Reino para gozar con ÉI eternamente en su Gloria! ¡Oremos con confianza a Jesús! ¡Qué así sea! ¡Amén! ¡Amén!