21 Les decía también: «¿Acaso se trae la lámpara para ponerla debajo del celemín o debajo del lecho? ¿No es para ponerla sobre el candelero?
22 Pues nada hay oculto si no es para que sea manifestado; nada ha sucedido en secreto, sino para que venga a ser descubierto.
23 Quien tenga oídos para oír, que oiga.»
24 Les decía también: «Atended a lo que escucháis. Con la medida con que midáis, se os medirá y aun con creces.
25 Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará.» (Mc. 4, 21-25)
“Lámpara es tu Palabra para mis pasos, luz en mi sendero”. No podemos confundir la Luz con la lámpara. Vino Juan Bautista que era una lámpara que brillaba en un mundo oscuro y Dios, en este entorno, le encomendó una tarea muy importante: “Mostrar a la Luz y ponerla sobre el candelero para que alumbre a todos los de casa”. Él no era la luz, Jesús es la Luz verdadera que viene del cielo y, una vez que Juan manifestó que Jesús era el Hijo de Dios, “el candil” volvió a su puesto, que era el anonimato.
Pero si Dios nos encomienda, en nuestro ser cristiano, el ser portadores de la Luz que es Jesús en nuestra alma, salgamos de la oscuridad o quizás de una vida simple y aparentemente sin trascendencia y recorramos la tierra mostrando la Luz verdadera, a Jesús. No nos cansemos en este tan digno trabajo. Nosotros manifestamos a la Luz porque el iluminar todos los corazones con su gracia no es tarea nuestra, sino de “Dios que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad”. Él es quien llenará de claridad las almas de sus siervos fieles.
No escondamos los dones de gracia, y también de naturaleza, pues “Todo es suyo, nosotros de Cristo y Cristo de Dios”, si lo que tenemos no es nuestro, no robemos lo que Dios nos dio para que lo administráramos con celo y entrega. Nuestra paga ya está en el cielo y nos dirá el Señor: “bien, siervo bueno y fiel pasa al banquete de tu Señor y sube más arriba”.
Creo que este Evangelio es “muy luminoso”, y de él se desprenden muchas irisaciones y lumbres que nos hagan orar ya, conociendo algo más a Dios y a nosotros mismos: ¡Señor, ilumina lo que puede estar oscuro en mi conciencia! ¡No dejes que ciertas brumas que me habitan, aún sin quererlo, hagan asiento en mi ser, y todavía la gracia no pueda pasearse por nuestro interior como tu gran misericordia lo desearía! ¡Que sea transparente y translúcido a tus ojos, así mi vida en la tierra no saldrá nunca de tu presencia y tu Amor habitará en mí!
¡Señor mío y Dios mío, que nunca huya de ti cuando me descubras, aun dolorosamente, mis pecados! ¡Que confíe siempre hasta la osadía de darte gracias y ser feliz solo en ti! ¡Que así sea! ¡Amén! ¡Amén!